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Día de la Igualdad Salarial: la brecha entre varones y mujeres alcanzó un nivel récord en el primer trimestre de 2026
Las mujeres ganaron un 10% menos por hora trabajada; el deterioro de los salarios públicos, la precarización y la carga de tareas de cuidado profundizan la desigualdad

La brecha salarial entre varones y mujeres alcanzó niveles récord durante el primer trimestre de 2026: por cada hora trabajada, una mujer ganó alrededor de un 10% menos que un hombre. Los números, que se difundieron en torno al Día Internacional de la Igualdad Salarial, el 18 de septiembre, se explican por las diferencias entre los sectores de actividad, la precarización laboral, el deterioro de los salarios públicos y una distribución desigual de las tareas domésticas y de cuidado.
Salud y educación, los sectores más golpeados
Durante el primer trimestre de este año, la brecha salarial horaria llegó a uno de sus puntos más altos desde el cambio de gobierno. La explicación es que los sectores cuyos salarios más se deterioraron en los últimos años son, justamente, algunos de los que concentran mayor presencia femenina: salud y educación. El problema se vincula con el deterioro del empleo público: el Estado emplea aproximadamente al 20% de las mujeres y los salarios públicos perdieron una parte significativa de su poder adquisitivo. En los salarios nacionales, la pérdida llega al 36%, mientras que en los provinciales ronda el 9%. Otro informe, elaborado por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) a partir de datos del INDEC, había estimado que las mujeres ganan en promedio un 29% menos que los varones y que la diferencia supera el 40% en el empleo informal.
La jornada que no figura en ningún recibo
La brecha tampoco puede analizarse sin incorporar el trabajo no remunerado. Las mujeres realizan cerca del 76% de las tareas domésticas y alrededor del 90% participa de este tipo de actividades: cocinar, limpiar, hacer compras, lavar ropa, acompañar a los chicos, cuidar personas mayores o atender a familiares. El resultado es una doble jornada: por un lado participan del mercado laboral y por otro continúan asumiendo la mayor parte de las responsabilidades domésticas y de cuidado. Si todo ese trabajo fuera remunerado, representaría cerca del 16% del Producto Bruto Interno.
La sobrecarga también alcanza a los espacios comunitarios. Comedores, merenderos y otros ámbitos barriales son sostenidos mayoritariamente por mujeres, que pueden dedicar entre cinco y siete horas diarias a esas tareas sin percibir un salario. Cuando el Estado reduce políticas sociales o de cuidado, esas necesidades se trasladan a los hogares y a las redes comunitarias, donde nuevamente son las mujeres quienes absorben buena parte de esa carga.
Menos ingresos, más deuda y menos comida
El deterioro de los ingresos también profundiza la feminización de la pobreza. Un relevamiento nacional realizado por Mumalá junto al ISEPCI, a partir de 1.538 respuestas recogidas entre fines de mayo y mediados de julio de 2026, muestra cómo la crisis modifica las estrategias de supervivencia de mujeres y personas LGBTTINB+. El 90% de las personas consultadas redujo sus consumos y el 88% afirmó que en los últimos seis meses pudo comprar menos o mucho menos con sus ingresos. El 70% sostuvo que su situación económica empeoró y el 89% aseguró que la coyuntura limita sus proyectos personales.
La falta de ingresos se compensa con deuda: el 63% está endeudado y, entre quienes tienen deudas, el 59% mantiene compromisos con dos o más acreedores. Las tarjetas bancarias, los créditos de billeteras virtuales y las deudas por servicios e impuestos aparecen entre las principales fuentes. El endeudamiento no afecta a todas por igual: el 57% de las jefas de hogar jóvenes, de entre 27 y 35 años, se está endeudando o descapitalizando para llegar a fin de mes, y entre todas las jefas de hogar el endeudamiento aumentó un 29% desde el cambio de gestión.
El costo de sostener la vida
La desigualdad económica también se expresa en el tiempo y en el bienestar. El 94% de las encuestadas realiza tareas domésticas y el 55% tiene personas a cargo económicamente; entre estas últimas, el 75% sostiene económicamente a niños, niñas y adolescentes. El 83% afirmó que las preocupaciones económicas afectaron su descanso y el 81% dijo haberse sentido emocionalmente desbordado con cierta regularidad.
En los hogares más pobres, además, las desigualdades se acumulan. Los datos oficiales muestran que la pobreza no se limita a no alcanzar la canasta básica: también implica menor acceso a cobertura médica, servicios y condiciones habitacionales adecuadas. La cobertura de obra social, prepaga o mutual alcanza al 67,7% de la población no pobre, pero cae al 23% entre los pobres no indigentes y al 11,3% entre quienes viven en la indigencia. La igualdad salarial, concluye el análisis, no puede reducirse a conseguir que dos personas cobren lo mismo por hacer el mismo trabajo: también requiere discutir quién accede a empleos de calidad, quién puede sostener una carrera laboral, quién cuida y quién termina endeudándose cuando los ingresos no alcanzan.
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