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Hablar de violencia dentro de los sindicatos sigue siendo tabú
Las mujeres sindicalistas enfrentan acoso y deslegitimación en espacios que deberían ser de solidaridad. Por qué los gremios evitan poner nombres a estas prácticas.

La violencia no siempre llega con gritos o golpes. A veces se instala en un pasillo de sindicato con una broma que avergüenza, una decisión tomada sin consultar a quien tiene que ejecutarla, o el silencio cómplice cuando una compañera denuncia acoso de un dirigente. Ese acoso, esa deslegitimación sistemática del liderazgo de las mujeres en el mundo sindical, existe en Argentina. Pero casi nunca se nombra como lo que es: violencia política de género al interior de la propia organización que debería defenderla.
Lo invisible dentro de lo visible
Los sindicatos hablan de violencia laboral. Lo hacen en documentos, comunicados, movilizaciones. Pero cuando esa violencia tiene cara de compañero con poder dentro del gremio, y víctima es una mujer que reclama mayor participación o cuestiona decisiones, la cosa se vuelve incómoda. Las secretarías de género existen en muchos sindicatos, pero enfrentan una realidad paradójica: están dentro de estructuras donde el acoso de género no siempre se reconoce como lo que es.
Participación que avanza en el papel
Argentina tiene Ley de Cupo Sindical Femenino desde 2002. Obliga a que las mujeres ocupen al menos el 30 por ciento de las conducciones gremiales. Casi un cuarto de siglo después, sigue habiendo sindicatos donde esa ley existe en el estatuto pero no en los hechos, o donde cumplirla se vive como una concesión, no como un derecho. Las mujeres que avanzan en cargos de responsabilidad reportan con frecuencia que su legitimidad es cuestionada de formas que nunca se cuestiona la de los varones: por la forma en que hablan, por si tienen hijos, por si «abandonarán» el sindicato algún día. Es otra forma de violencia: la que te dice que estás de más.
El «acuerdo de caballeros» que excluye
En muchas comisiones internas y estructuras sindicales persiste una dinámica que parece cómoda para quienes tienen el poder: las decisiones importantes se toman en espacios informales — un café, una charla rápida — y después se ratifican en asambleas. Cuando las mujeres reclaman participación en esos espacios, o proponen cambios en cómo se toman las decisiones, pueden enfrentar resistencia que no se articula abiertamente sino a través del bloqueo, la exclusión de información, o la minimización de sus planteos. Eso también es acoso.
Qué pasaría si los sindicatos pusieran nombre a estas prácticas
Algunos gremios han empezado a encarar esto seriamente: escriben en sus estatutos cláusulas contra violencia de género, crean protocolos de denuncia, hacen formación. Pero son excepciones. La mayoría prefiere un silencio que es cómodo para el establishment sindical pero catastrófico para las compañeras. Porque mientras no se nombre, no se visibiliza. Y mientras no se visibiliza, es difícil que desaparezca.
La pregunta que falta en los paros
Los sindicatos salen a defender a trabajadores acosados por patrones, a luchar contra el abuso patronal. Pero cuando ese abuso tiene uniforme sindical, la respuesta es más lenta, más tibia, más atravesada por lealtades de grupo que por principios. Decir que hay violencia de género dentro de los sindicatos no debilita al movimiento: lo fortalece. Un sindicato que no protege a sus mujeres internas es un sindicato que no está completamente de pie.
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