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Mujeres lideran los despidos mientras la violencia laboral avanza sin regulación
En 2026, mujeres y diversidades encabezan las estadísticas de desocupación en Argentina mientras sufren violencia psicológica, económica y sexual en el trabajo. Qué dicen los datos y por qué los sindicatos siguen sin implementar protecciones efectivas.

En Argentina, las mujeres representan el 64,2% de la población con menores ingresos. Casi dos de cada tres personas que viven en extrema precariedad son mujeres. No se trata de una coincidencia estadística ni de un dato aislado: es el resultado concreto de cómo funciona el mercado laboral, cómo operan los sindicatos y cómo se distribuye la violencia en los espacios de trabajo.
Los despidos masivos que caracterizan a 2026 tienen un rostro desproporcionadamente femenino. En muchísimos rubros, las mujeres y diversidades encabezan las listas de suspensión y extinción de vínculos. Mientras cae el empleo formal, ellas caen primero. Y cuando permanecen en el trabajo, enfrentan condiciones que ninguna ley ha logrado aún frenar efectivamente.
La violencia que cambia de nombre según quién la sufre
La violencia laboral no solo es el grito de un jefe o la amenaza de despido sin causa. Existe en formas que muchas veces ni siquiera se reconocen como violencia: cuando se descalifica el trabajo de una mujer por ser madre, cuando se ignoran sus opiniones profesionales, cuando se comenta inapropiadamente su cuerpo o vestimenta, cuando se le solicitan favores sexuales a cambio de mejoras en el puesto.
Los datos son incontestables. El 65,5% de las mujeres que trabajan ha vivido alguna situación de violencia laboral, comparado con el 43,5% de los varones. Entre las personas de identidades de género no cisnormativas, el porcentaje sube al 87,6%. La violencia psicológica es la más frecuente (69% de los casos), seguida por la económica (64%) y la simbólica (61%). Las mujeres denuncian despretigio y descalificación de su trabajo por género o maternidad en proporciones mucho mayores que sus compañeros varones.
Lo más grave: casi la mitad de quienes toman alguna acción contra la violencia perciben que sus acciones no tuvieron impacto alguno. No denunciaron. No pasó nada. Siguieron yendo al trabajo al día siguiente.
Una brecha salarial que funciona como herramienta de sometimiento
Mientras enfrentan violencia psicológica y sexual, las mujeres ganan un 30% menos que sus pares varones por el mismo trabajo. Esa diferencia no es accidental: es la infraestructura económica que permite que la violencia prospere. Una mujer con una brecha salarial de 30% tiene menos margen para negarse, para denunciar, para irse.
La precarización es específica. Muchas mujeres trabajan como jefas de hogar, sostienen económicamente a sus familias y aún así ganan menos. Cuidan a niñeces y vejeces sin que ese trabajo tenga reconocimiento ni remuneración. Su precariedad no es una desventaja ocasional: es un sistema.
El rol de los sindicatos: cupo femenino sin poder real
La Ley 25.674 de Cupo Sindical Femenino existe desde 2002. Establece un mínimo del 30% de participación femenina en cargos electivos de las asociaciones sindicales. Veinticuatro años después, esa ley sigue siendo papel mojado en la mayoría de los gremios.
De 1.448 cargos sindicales relevados, solo 80 son ocupados por mujeres. En una muestra de 25 sindicatos, apenas el 17% de las secretarías y subsecretarías están a cargo de mujeres. El cupo existe pero las dirigentes siguen sin tener poder real para negociar condiciones de trabajo que protejan a las afiliadas, ni para establecer normativas que castiguen la violencia.
El problema no es solo la ausencia de mujeres en los cargos: es que cuando están, raramente negocian paritarias con perspectiva de género, reclaman licencias por maternidad ampliadas, exigen guardería en los lugares de trabajo, o impulsan sanciones contra acosos y violencias dentro del sindicato mismo.
Lo que pasa cuando los sindicatos hablan de violencia laboral
En 2021 se realizó el Primer Encuentro Nacional de Mujeres Sindicalistas. Entre los puntos consensuados figuraban: combatir la violencia laboral, luchar por representación equitativa, ampliar licencias de maternidad y paternidad, abrir guarderías. Un acta de conclusiones que recogió demandas antiguas.
Para 2026, los sindicatos siguen debatiendo lo mismo. Mientras, 130 gremios suscribieron un Acta Compromiso que supuestamente los obliga a crear o fortalecer áreas específicas para atender violencia laboral. Pero sin recursos, sin poder real en la negociación, sin castigos para empresas que incumplan, el acta es otra promesa sin implementación.
La Oficina de Asesoramiento sobre Violencia Laboral del Ministerio existe desde hace años. Ofrece capacitación, materiales, asesoramiento. Pero la violencia persiste porque no hay sanción efectiva. Denunciar no lleva a nada. Denunciar y después perder el trabajo es el riesgo que corren las mujeres cuando rompen el silencio.
Cuando el sindicato es parte del problema
Hay un obstáculo que casi nadie menciona: la violencia que ejercen los propios sindicatos sobre las mujeres que se animan a liderar. En gremios conducidos por hombres, las mujeres que reclaman derechos específicos son marginalizadas, aisladas, sacadas del circuito informal de poder. La tutela sindical ha protegido a docentes varones acusados de violencia de género porque el sindicato defendió "sus derechos" antes que los de las mujeres agredidas.
Los sindicatos necesitarían hacer lo que muy pocos hacen: implementar protocolos de violencia intrasindical, auditar sus propias prácticas de género, sancionar internamente a dirigentes que ejerzan violencia. Eso requiere poder real de las mujeres en los directorios. Requiere que el cupo sea efectivo, no decorativo.
¿Qué cambiaría si el cupo se cumpliera de verdad?
Si las mujeres ocuparan realmente el 30% de los cargos sindicales —no como presencia, sino como poder decisorio—, las paritarias incluirían reclamos específicos: erradicación de la brecha salarial de género, protección contra violencia laboral con sanciones concretas, licencias amplias, guarderías en los lugares de trabajo, protección contra despidos discriminatorios de gestantes y madres.
No es un sueño. Ya hay ejemplos: la Federación Argentina Unión Personal de Panaderías y Afines (FAUPPA) firmó un acuerdo específico de erradicación de violencia, desigualdad salarial y acoso laboral con la patronal. Fue un salto cualitativo en el sindicalismo nacional porque lo hicieron con poder real, no con buenos deseos.
Pero es la excepción. La regla es que mientras 65,5% de las mujeres sufren violencia laboral, los sindicatos siguen debatiendo si es importante hablar de eso, como si fuera un tema de suplemento, no de vida o muerte en los lugares de trabajo.
El primer paso: que los sindicatos cumplan la ley
No se trata de inventar nuevos derechos. La Ley de Cupo Sindical Femenino ya existe. Simplemente, hay que aplicarla: auditar que las listas de candidaturas cumplan con el 30%, que las mujeres electas ocupen lugares con poder decisorio real, que participen en comisiones negociadoras, que sus voces determinen las estrategias de paritarias.
Después, que los sindicatos que firmaron el Acta Compromiso sobre violencia laboral le den contenido: protocolos reales, investigación de denuncias, sanciones a agresores, capacitación obligatoria, espacios seguros para denunciar sin miedo a represalias.
Mientras tanto, las mujeres seguirán siendo despedidas primero, violentadas todos los días, ganando 30% menos, llevando adelante sus hogares con recursos insuficientes, e intentando ser escuchadas en sindicatos que aún no decidieron si realmente las quieren ahí.
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